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 *INTERVENGO LOS RECUERDO ASEGURANDOME DE HACER DE ELLOS  UN PASADO INOLVIDABLE**A.R

¿Qué es ser un artista?

Por Daniel Molina para diario La Nación 14 de mayo del 2005**

Desde la antigüedad hasta el siglo XXI, el artista ha estado en busca de su retrato interior y de su lugar en el mundo. Investigador, viajero, enigmático y romántico, en los tiempos modernos es alguien que dejó de proponer un sistema cerrado para animarse a transitar todos los caminos. Es un gurú; un maestro capaz de comenzar de cero.

El único arte que la antigüedad clásica reconocía era la literatura. De Homero y Píndaro a Virgilio y Horacio, los únicos artistas celebrados eran los escritores. Por entonces, las artes visuales eran consideradas meras artesanías decorativas y los que las producían no recibían ningún reconocimiento especial: la arquitectura del Partenón, la enigmática pintura de los frescos pompeyanos o la multitud de magníficas estatuas que engalanan hoy los principales museos del mundo eran consideradas obra de artesanos apenas calificados.

En la mayoría de los casos esas singulares producciones son obras anónimas: como eran fruto del trabajo manual, nadie consideraba por entonces que valiera la pena recordar a los que las produjeron. Lo mismo sucedía en todas las demás culturas antiguas: desde los egipcios hasta los mayas, de los chinos a los sumerios, no hay registro de quiénes fueron los que levantaron los templos o pintaron las sedas. La larga Edad Media europea mantuvo el mismo criterio: las catedrales góticas y románicas, los frescos y las tallas del primer milenio se consideraban obras colectivas, fruto de una ciudad y tarea de siglos, no la expresión del espíritu individual. Los artistas, tal como los pensamos hoy, surgieron en el Renacimiento.

El arte es lo moderno por excelencia. Y sólo una época como la actual, que valora la individualidad, la creatividad y la conciencia crítica, puede hacer del artista un personaje emblemático. Miguel Angel -quien fue moderno antes de tiempo- dijo del arte: “Es un zarpazo que, viniendo desde el origen, atraviesa el pasado en penumbras y desgarra el presente”. El artista moderno sería aquel que, alimentándose de la historia, sueña con el futuro. Pero ese futuro es visible sólo a través del desgarro del presente, de la violencia que el artista ejerce sobre las convenciones de su tiempo. En plena época de la Revolución Francesa, mientras los vientos de lo nuevo derrumbaban siglos de creencias que parecían eternas, los románticos dibujaban la silueta del artista contemporáneo. El poeta alemán Friedrich Hölderlin pensaba que el artista era el médium que comunicaba la inmensidad de lo desconocido con el mundo vulgar de la vigilia: “Desde el misterio parte un rayo fulminante que ilumina la noche del alma; dura apenas un instante, pero ese momento tiene la densidad de la gloria y la potencia funesta de todas las fuerzas de la naturaleza descontroladas; por eso es necesario el artista, para amortiguar con su ser esa potencia devastadora; él salva a la humanidad al recibir sobre sí mismo el cruel rayo de la revelación secreta, pero ese dolor también lo cura”.

A comienzos del siglo XX, las vanguardias desconfiaron de este papel espiritual del artista, que había sido esencial para los románticos e imaginaron una utopía tan democrática como imposible: lograr que cualquiera pudiera ser artista. En su trabajo por desencantar el mundo y dotar a todos de las herramientas necesarias para producir arte, el artista de vanguardia se consideraba también un emisario, pero su único mensaje era la autodestrucción: soñar con la desaparición de toda barrera entre la vida cotidiana y el arte puede ser hermoso como sueño, pero se torna una pesadilla cuando se convierte en una realidad. Como Goya había previsto un siglo antes: “el sueño de la razón produce monstruos”. Y el artista vanguardista, que había nacido enfrentado a la guerra y a la mecanización de la vida, terminó proponiendo una nueva mecanización al entronar los procedimientos de la estética vanguardista como único camino de producción. Después de la Segunda Guerra Mundial, después de Auschwitz, la silueta del artista se desintegró. A la pregunta de Theodor Adorno, el filósofo de la escuela de Francfort, sobre si era posible seguir escribiendo poesía (o produciendo obras de arte) después de consumado el Holocausto, el arte respondió afirmativamente. Pero pudo seguir existiendo porque el artista se transformó. El artista contemporáneo dejó de lado el absolutismo que se ilusionaba con no expresar nada, y volvió a la fuente de la imaginación romántica de Hölderlin y al sueño visionario de Miguel Angel. El artista contemporáneo es el que dejó de proponer un sistema cerrado y se animó a recorrer todos los caminos. El artista contemporáneo es un investigador, un viajero que se interna en el monte salvaje y no siempre sale indemne, y lo que trae en su valija no siempre es agradable, y lo que dice no siempre es lo correcto.

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