Delirio Gaucho Prensa

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CRÍTICA DE LA KRÍTICA

Por Nicolás Laplume****Delirio Gaucho – Alejandra Radano/Fabián Luca

Alejandra Radano y Fabián Luca presentan una nueva versión de su “Delirio Gaucho” en el Centro Cultural de la Cooperación.

Recién llegada de Francia, su segundo hogar artístico, Radano demuestra que es una gran estrella del musical argentino, ampliamente demostrado en cada una de sus presentaciones, como lo fue en el Concierto de las “Primeras Damas del Musical” donde descolló sobre el resto.

Las propuestas de Radano, siempre son increíblemente delirantes, con un gran trabajo de producción, de creatividad, de talento. Su presencia sobre el escenario siempre es destacada, uno no puede dejar de mirarla. Llena de detalles llamativos, de expresividad y buen gusto, imprimiendo fuerza actoral a su capacidad vocal indudable.

Las canciones que conforman el espectáculo como “Envenenado pichones en el Parque” (en una traducción de Fabián Luca muy lograda) (Nacha la cantaba como “Matando palomas por Plaza San Martín), “Ay,  mi suegra”, “Las voces de los pájaros de Hiroshima” (hecha popular por Ginamaría Hidalgo), “Andate con la otra”, entre otras, fueron elegidas para destaque de la Radano, que le brinda a cada una su particular impronta. Y en su monólogo emulando al gran Juan Verdaguer son desopilantes.

Acompañada por un grupo de guitarras de excelencia como son “Los Primos Gabino” y en malambo Ramón Salina.

Las luces de Gonzalo Córdova son un destaque dentro del show.

Imperdible La Radano como siempre

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Crítica del Diario Página 12***Suplemento LAS 12**

Debajo estoy yo****En una trama de corte surrealista, Alejandra Radano se luce en Delirio Gaucho****by Paula Jimenez

Cuando el delirio comienza, Alejandra Radano entra caminando sobre tacos finísimos. Tiene puesto un vestido blanco ceñido al torso, bordado con fantásticos brillos que resplandecen en la oscuridad. Como si fueran los de una muñequita de caja de música o una androide, pero una androide de cuento de Disney, sus movimientos son artificiosos y medidos, llevados por la música del trío de guitarristas que, a la derecha del escenario, yace sentado entre macetas con plantas. De frente a la platea, la mirada de Radano se suspende por encima de los espectadores, de las filas de butacas, de las luces de la sala. Ella canta con facilidad, como si respirara. La primera es “La casita”, una canción mexicana que Alejandra interpreta en versión campera, de melodía dulcísima, cuya letra horroriza: “Me hace falta allí una cosa, (en la casita, claro) / muy chiquita y muy graciosa/ más o menos como usted…/ para que cante el canario/ eche ropa en el armario/ y aprenda lo que yo sé”. Esta oda a la utilidad de la mujer fue compuesta en 1924 por Llonia y como el resto de las canciones y tangos que integran el show –la mayoría data de la década del ’30– es un punto más en el tejido surrealista que Radano aquí propone. “Envenenando pichones en el parque”, por ejemplo, es una balada que, a modo de un gracioso e ingenuo entretenimiento, invita a quien la escucha a matar palomas. “Neurastenia fatal” –clasificada en el programa como “Canción Inexplicable”– tiene un estribillo esquizoide que termina diciendo “me gusta el café con media”.

El repertorio incluye también algunos clásicos que permanecerán por siempre en nuestra memoria argentina, como “Las voces de los pájaros de Hiroshima” –que otrora popularizara Ginamaría Hidalgo– en el que la voz de la cantante se quiebra en una sucesión de exagerados agudos (que parecen querer reproducir el espanto de los pájaros ante la bomba) o de preguntas exaltadas sobre dónde están los hombres, los hombres, los hombres. Pero no todo son canciones. De a ratos, Radano toma la palabra y lo hace para continuar produciendo carcajadas en un público atento a su más mínimo movimiento. Radano abre la boca y la gente también, para reírse. No falla. Sobre todo en momentos en que los aciertos son muy grandes, como aquel en que imita al fallecido humorista Juan Verdaguer.

 

Desde la primera inflexión en la voz de Radano nos damos cuenta que es él. Ese es el particular modo de hablar del cómico y ése su característico humor misógino, poniendo siempre a su esposa (por fea y por vieja) o a su suegra en la mira de la defenestración. El burlador burlado podría llamarse esta escena en la que Alejandra Radano encarna, más que a este stand up argento, un humorismo anacrónico de sello nacional. Y por ahí va la cosa, por lo nacional, como el nombre de la obra lo indica. El gaucho –interpretado por un bailarín que entre chiste y chiste se baila un lindo malambo– es otro de esos personajes que, como Verdaguer, opacan su brillo fálico en el escenario al quedar en evidencia su impostada pose machista. No hay caso. Cuando la cosa cae por su propio peso, el gauchito termina haciendo el ridículo y la gente disfrutando como loca.

Después retorna la música. Las canciones son trece, entre las que figuran una gran interpretación de “La guinda”, un tango de Eusebio Delfin y Pedro Matta, que Radano canta casi íntegramente de espaldas al público. Una luz –de esas que tan bien saben manejar en esta obra Gonzalo Córdova y Fabián Luca, que es también el director– la enfoca hacia arriba desde el piso y proyecta sobre las negras bambalinas su ampliado perfil. De detalles así, estéticos y cuidados, Delirio gaucho está lleno, porque el humor no tiene por qué suceder aparte del arte, de la belleza, del buen gusto. Eso es lo que Radano viene a recordar con cada uno de sus espectáculos y a lo largo de toda una carrera que ha anclado –y ancla todavía– mitad en las pampas, mitad en París.

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críticA DE LUNA TEATRAL***Por Jorge Pablo Cruz.

Para escribir sobre Alejandra Radano no voy a ser objetivo. Lo que ella hace es excelente. No pude ver todas sus puestas, pero las que vi siempre me deslumbraron. Su calidad vocal, su forma de llenar el escenario, su desparpajo y su tempo teatral hacen de ella una artista total. Tiene talento y lo sabe, lo demuestra, pero con una soberbia controlada. El espectáculo que presentó durante los meses de mayo y junio todos los sábados a las 23 hs, en la sala Raúl González Tuñón del Centro Cultural de la Cooperación acaba de terminar, pero espero una reposición pronta. No hace más que confirmar lo que viene demostrando. Había visto una versión anterior en Clásica y Moderna el año pasado, donde uno de sus acompañantes fue Carlos Casella, y entre su público estaba Alfredo Arias y Sandra Guida. Los tres nombrados habían compartido escenario con ella en la obra Tatuaje que Alfredo Arias había estrenado en 2010. Alejandra Radano y Fabián Luca son los autores del espectáculo y el último su director, y la labor de ambos no es nada fácil. Rescatan canciones  y personajes que alguna vez fueron muy populares.

Musicalmente la puesta es impecable y juega todo el tiempo en varias capas, varios canales de sonido que se van desplegando según se requieran para la obra. Las pistas grabadas, los efectos de sonido, los playbacks que luego se articulan con lo representado en vivo. Ella canta y muy bien, en múltiples registros y estilos, pero para sumar a la esquizofrenia de las escenas se produce un duelo entre su voz real y la del disco. Un recurso del que tampoco escapan los tres músicos que la acompañan, y que interpela al espectador sobre la veracidad de lo que está viendo y escuchando, hasta donde llega la representación.

La imitación de Radano sobre Juan Verdaguer,  efectuada con respeto y admiración, está hecha con distancia y hasta con cierta ironía, como obligándose a efectuar una mirada crítica a pesar del cariño, evitando caer en el homenaje simple. Toda la obra gira sobre un cancionero ecléctico en su género (chacareras, baladas, habaneras, boleros, valses y tangos) pero casi repleto de temas que hablan de abandonos, de amores mal llevados o finalizados. Pero el otro eje abordado es completamente diferente y los tópicos son el surrealismo, el dadaísmo y el relato apocalíptico de tintes extraterrestres. En el cd editado por LanTower, una de las canciones está definida como Dadá. Esta mezcla se da con un fondo de paisaje pampeano que ayuda a que estas dos temáticas no colisionen sino que por el contrario encuentre un punto de unión. La abducción extraterrestre (simbolizada en los afiches por una vaca que se eleva hacia un lejano platillo y por los efectos de luces durante la puesta) puede también ser una metáfora básica sobre el enamoramiento y la extrañeza que implica ese nuevo estado, ese nuevo mundo, donde el sujeto es deslumbrado, encandilado para su captura. Es emblema de lo apocalíptico la canción que interpreta hacia la mitad de la obra, que llegó a ser muy famosa, sobre las bombas atómicas arrojadas sobre Japón, Las voces de los pájaros de Hiroshima (1970), cuyo autor es Horacio Guaraní. Ésta funciona como punto nodal, aunando en sí el nombre de la puesta. Por la interpretación original y la actual, el delirio y por su autor, lo gaucho.

Esa destrucción y esa búsqueda de nido, también habla de la demolición y el vacío producido después de un amor acabado. Pero si pensamos que el espectáculo está bajando alguna línea sobre la destrucción del planeta y sus consecuencias sobre sus habitantes, tanto hombres, animales o plantas, basta remitirnos a una canción anterior  Envenenando pichones en el parque de 1969 (también interpretada en su momento por Nacha Guevara) para darnos cuenta que su preocupación no radica allí. Esa plaga pueden ser animales o suegras,  y son tratadas de la misma forma, sin misericordia. Lo surreal comienza desde el primer minuto, con un escenario despojado con reminiscencias pampeanas marcadas por unos yuyos, y la protagonista, la anfitriona vestida con un tutú.Los tres músicos que la acompañan,  Los Primos Gabino, a un costado vestidos de gauchos para la ocasión.  El comienzo y el final con cajas que simbolizan un refugio, (“La casa es el estuche de la vida”, como dice en una parte de un pequeño monólogo citando a Le Corbusier), una cáscara (otra vez la idea de nido) y a la vez  el misterio de lo oculto, de lo interno no revelado, acentúan ese aspecto casi metafísico, místico, que en el cine supo reflejar muy bien David Lynch utilizando objetos parecidos.

Para terminar el otro elemento que aparece en la obra y que sirve para unir el tema del desamor y lo apocalíptico surrealista, es el personaje que va y viene, ese gaucho, de rasgos bien definidos, pero de actitud, vestimenta y pose casi oriental, la versión masculina de la “chinita” pampeana, que despliega una especie de malambo y arte marcial, danza y lucha, que ronda por la escena cual asteroide a punto de chocar, y lo hace, y que para acentuar lo surrealista en su caída, no destruye, sino que brinda nuevas esperanzas.

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Crítica de CRÍTICA TEATRAL

Por Gabriel Peralta*****Delirio Gaucho/canciones del interior. Sur-realismo

Hay que agradecerle, y mucho, al espectáculo Delirio Gaucho –canciones del interior- el hiato de desacralización que sucede durante su desarrollo. Porque esas fisuras que se realizan en canciones, textos y danzas, permite no solo un acercamiento sino también una revalorización de los géneros que aborda.

Aquí lo hibrido se torna exquisitez ya que la entremezcla crea un espacio de singularidad en que todo puede ser revertido, desde la arquetipicidad de la relación gaucho-paisana, pasando por una canción del 1900 y, hasta el malambo.

Para ello Fabián Luca y Alejandra Radano crean un varieté extravagante cuyo pilar es un repertorio de canciones que se desmarcan de épocas y géneros: La Casita (Llonia), Envenenado pichones en el parque  (Tom Leher), La oncena (Eduardo Lagos), Las voces de los pájaros de Hiroshima (Horacio Guarany), son parte de una variopinta y singular selección. A su vez esas canciones son intervenidas por sonoridades que profundizan sus singularidades. El merito de este descorrimiento se debe tanto a la música incidental de Diego Vila como al ajustado y sobrio acompañamiento del conjunto de guitarras de Los Primos Gabino

Un aire de “sur-realismo” – merced a la estética que le imprime Fabián Luca director y diseñador de la escenografía y el vestuario- corre en el planteamiento escénico en donde cada canción es tomada como una pequeña escena con “comienzo, nudo y desenlace”. Ese aire permite desplazar imaginarios y dar paso a que un gaucho con todas las de la ley nos entregue un malambo con reminiscencias de los efectos de la película Matrix (estupendo momento de baile a cargo de Ramón Salina) o que se sucedan encuentros cercanos del tercer tipo o, se sienta un escozor en la espalda cuando se escuchan sonidos de aviones misteriosos.

Esta extravaganza gauchesca se guarda para sí un momento de homenaje cuando aparece en el escenario Juan Verdaguer a través de una mimetización de tempos y climas del cómico a cargo de Alejandra Radano.

Y si de Radano hablamos de más estar decir que cada canción, escena o movimiento que pasan por ella llevan la impronta de su personalísima exquisitez.El diseño de iluminación a cargo de  Gonzalo Córdova crea bellos y extraños climas.

Delirio Gaucho –canciones del interior – es un espectáculo que hace de la des-genero un hermoso hecho artístico.

 

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